Acabamos de ser favorablemente sorprendidos por el llamado del Presidente de la República a una mesa de diálogo. Nos alegra, porque llegamos a creer que ese llamado abierto, que reconoce la aspiración de la gran mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, nunca llegaría. Nos causa extrañeza, también, que este diálogo se anuncie por la prensa y un poco al voleo, sin los cursos formales que un tema tan importante como este implicaría. Esperamos que sea un descuido temporal. Porque suponemos –queremos suponer – que, a diferencia de los anteriores llamados al diálogo hechos por el Gobierno, este es en serio. Es decir, que por primera vez desde que se iniciaron las movilizaciones estudiantiles, el Gobierno de Chile está dispuesto a oír verdaderamente a los estudiantes, en lugar de generar propuestas unilaterales que no responden a lo que los estudiantes piden.
Creemos que ha llegado la hora de la honestidad. Eso significa, la hora de reconocer que todos estamos cansados, que todos estamos preocupados. La hora de reconocer, también, que la inmensa mayoría de este país está acompañando el movimiento histórico de los estudiantes porque, con ellos, cree que es necesaria una reforma estructural al sistema educativo, no una reforma cosmética. Creemos que en eso consiste la gran imposibilidad de generar una comunicación que tenga sentido: en que se ofrezcan parches para un bote inundado hace rato. Ocho de cada diez chilenos quiere un nuevo barco, y no que sigamos como hasta ahora: chapoteando cada uno como pueda, y dejando que muchos, en ese ejercicio, se ahoguen. Por eso, nuestra comunidad, ha manifestado mayoritariamente su apoyo a los estudiantes.
En las condiciones actuales, lo que se ha ofrecido incansablemente no es un diálogo real, sino uno asimétrico. Consideramos que no es justo manosear la palabra diálogo cuando no hay una voluntad real de escuchar. Es esa sordera empecinada, disfrazada apenas de buenos modales en las declaraciones oficiales, pero acompasada por la represión a quienes se manifiestan en las calles, la que nos ha hecho, a toda la sociedad, hacer ruido, pidiendo que se nos oiga.
Somos una comunidad ciudadana. Tenemos responsabilidades ciudadanas. Son las personas que creen en el diálogo y en el ejercicio cívico del debate respetuoso y crítico, quienes constituyen esta plataforma. Y si hemos aprendido algo en esta breve trayectoria es que no se comunica el que más habla, sino el que más escucha. Y creemos que es tiempo de que nos escuchemos.
No nos preocupan las marchas ni nos preocupa el desacuerdo del Gobierno con esas marchas. Nos preocupa, en cambio, que cada tanto se saque a relucir nuestra dolorosa historia reciente a modo de oscura amenaza. Nos preocupa ver a medios de comunicaciones hegemónicos negando la realidad y tergiversando hechos; nos preocupa porque ya lo vimos antes, pero pensamos que todos habíamos aprendido la lección. Negar lo que sucede en las calles o ponerle etiquetas vandálicas no hace que menos personas vayan a las marchas, ni ayuda a que mejore la educación en Chile, por cierto.
Nos preocupa, sobre todo, sentir que la humildad de quienes están hoy en las diversas estructuras de la administración, los partidos políticos y el Congreso, se ha perdido hace mucho. También el sentido último de su quehacer. Nos preocupa el supuesto de superioridad moral con la que se enarbolan críticas de lado y lado para acallar al otro. Y nos preocupa sentir que se pide a la ciudadanía completa el mismo sacrificio que se le ha venido pidiendo desde siempre: que se la banque.
Los desafortunados dichos del intendente del Bío-Bío, Víctor Lobos, si se toman como metáfora, tienen un algo de verdad: quienes reclaman hoy son los hijos no reconocidos de un sistema que los deja fuera o que los acepta con reparos y con enormes costos personales, además. Quienes reclaman son quienes quedaron del otro lado de los beneficios de un matrimonio entre una y otra mirada de la política que, sin embargo, al alero del sistema binominal, ha logrado cierta convergencia y una convivencia mal avenida por varias décadas. Se lograron cosas, sí. Pero también quedaron una serie de huachos en el camino. Esos huachos del sistema, los huachos de la institucionalidad medioambiental, los huachos del sistema educacional, los huachos del etnocentrismo, los huachos del sistema de salud, los huachos del sistema laboral, los del sistema crediticio, son hoy los que gritan en la calle lo que nunca les han permitido decir de igual a igual. Dar voz a esas demandas, a esas propuestas, a esas rabias, con respeto y humildad, es el único diálogo posible. Es hora de que hablemos todos. Pero de verdad. Es hora de construir colectivamente, y eso significa no traer bajo la manga una pre-propuesta, sino preguntarnos y respondernos desde distintos vértices cómo fue que llegamos hasta acá.
Solo si la ciudadanía puede sentarse en una de las dos cabeceras de la mesa y salir de las galuchas, el diálogo podrá entenderse como real. Sólo si todas las voces son hijas reconocidas del sistema, la democracia completa será Chile esa "familia" de la que tanto nos hablan, pero en la que no sigan decidiendo siempre unos pocos.










