Luis Miguel dejó pagando a la Tía Sonia y a 30 carabineros

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La megaestrella mexicana desistió a última hora de comer en el restorán Portofino de Valparaíso. Los únicos que celebraron fueron los mozos, que pudieron acostarse temprano.

Quien recibe a Luis Miguel sabe que su nombre es sinónimo de exigencia. Una casi obsesiva. Y la noche del martes, los trabajadores del restorán Portofino, conocieron el cartel que lleva el “Sol de América”.

Hace cinco días, un grupo de avanzada del equipo del cantante llegó hasta el restorán. Se llevaron la carta y tomaron fotos del local. De las mesas, de los muros y de la vista, que alcanza la bahía de Valparaíso, empinándose desde el Cerro Esperanza.

Y la noche de su supuesta visita nada podía fallar. El dueño, además de mandar a limpiar los grandes ventanales –que miran al Pacífico- del local, se preocupó de pagarle a la vecina para que no dejara entrar a la prensa. También taparon la vista de su casa con ocho quitasoles.

Todo estaba listo en el restorán, donde también había otros clientes. La famosa Tía Sonia, Carmen Gloria Arroyo (“La Jueza”) y Karen Paola se sentaban en una mesa. Otra era ocupada por dos groupies, que elucubraban teorías en torno al porqué de la demora del cantante.

- Siempre hace lo mismo, es capaz de llegar a las dos de la mañana- decía con esperanza la más joven, la que sigue al “Sol” desde los 4 años.

- Quizás no llegue, porque aquí no hay un estacionamiento para helicóptero, y él siempre pide eso- responde la amiga.

Pasaban los minutos y la tensión crecía. El dueño preparaba con minuciosa calma la cava de vinos que le mostraría al mexicano. Entre todas las botellas estaba una Clos Apalta del 2005, el regalo que le esperaba a Luis Miguel: quinientos mil pesos en 750 centímetros cúbicos de mosto.

Afuera del Portofino, cerca de treinta Carabineros tenían preparado un operativo que, con vallas papales verdes, alejaban a la poca prensa que le llegó tras el rumor.

Cuando ya habían pasado casi tres horas desde que Luis Miguel aterrizó en el aeródromo Torquemada -desde Punta del Este-, el celular del dueño del Portofino sonó. “Luis Miguel no viene, pidió comida para la pieza del hotel”.

En pocos minutos los carabineros, los periodistas y las vallas papales desparecieron. La Tía Sonia y compañía pidieron la cuenta. Pero a las groupies se les desfiguró la cara. Lo único que atinaron a decir fue: “Esto es culpa de Kenita, que no se le ocurra aparecerse mañana”.

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